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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2004-01-27 a horas: 12:16:22

Montenegro y su visión Latinoamericana

Montenegro y su visión Latinoamericana Andrés Solíz Rada IV Parte - El pensamiento sumergido de Carlos Montenegro Montenegro, en su libro "Las Inversiones Extranjeras en América Latina", analiza en detalle hechos relevantes de la historia latinoamericana. Su búsqueda incesante, respaldada por el dato preciso, lo conduce a desmentir que el capital extranjero hubiera llegado a América Latina con propósitos loables o generosos.

Andrés Solíz Rada

Andrés Solíz RadaAbogado y periodista y ex parlamentario. En los últimos 30 años fue uno de los más destacados defensores de los recursos naturales en Bolivia. Fue el primer ministro de Hidrocarburos de la gestión de Evo Morales.

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Montenegro y su visión Latinoamericana

Andrés Solíz Rada

IV Parte - El pensamiento sumergido de Carlos Montenegro

Montenegro, en su libro "Las Inversiones Extranjeras en América Latina", analiza en detalle hechos relevantes de la historia latinoamericana. Su búsqueda incesante, respaldada por el dato preciso, lo conduce a desmentir que el capital extranjero hubiera llegado a América Latina con propósitos loables o generosos. Esta idea fuerza inicia su libro, la que está desarrollada con estas palabras: "El capital extranjero vino a la América Latina teniendo por mira principal e inequívoca la explotación de las riquezas naturales, los servicios públicos, los créditos, el comercio y las industrias de las naciones latinoamericanas. Sin este móvil concreto y sin tal interés directo, ni habría venido ni tendría por qué venir.

Las explicaciones que pretenden justificar su penetración y sus privilegios atribuyéndole el don de proporcionar confort, bienestar y progreso o civilización a los pueblos, no expresan exactamente la verdad y son, en gran parte, simples recursos de la propaganda para situarlo en un ambiente de simpatía y expectativa optimista, ambiente en el cual le resulta fácil cumplir su finalidad suprema, que consiste en obtener los mayores rendimientos posibles en su inversión"

Inmediatamente después, invierte la conclusión inicial, al asegurar que las exportaciones de capital constituyen la salvación de las metrópolis. Recurramos, una vez más a sus palabras: "El capital exterior nunca va espontáneamente a un país atrasado y de ninguna manera a un país empobrecido. Sale de su nación de origen cuando ya no tiene cabida en ella, y busca otro campo de actividad en suelo extranjero, pues no puede permanecer en el propio, sin convertirse en factor de perturbación y aún de entorpecimiento para el desarrollo de las finanzas locales. No se ignora que, aún las instituciones más adictas del capital extranjero, recomiendan deshacerse del dinero sobrante enviándolo al exterior, como una medida de saneamiento financiero para evitar la caída del valor de la moneda y también para contener la inflación" Montenegro respalda su aseveración recordando que el Consejo Interamericano de Comercio y Producción ha aconsejado a Estados Unidos y Canadá exportar capitales como una forma de contener sus procesos inflacionarios y financiar el superávit de su balanza de pagos. Para evitar toda duda, el autor coloca entre comillas la siguiente frase del organismo internacional: "Si se desea evitar en ellos la inflación, deben fomentarse las exportaciones de capital" (33).

En opinión de Montenegro, cuando una metrópoli se apresta a realizar inversiones en países dependientes concurren tres opiniones: la de sus gobernantes, la de sus militares y la de sus capitalistas. No vacila en afirmar que de los tres criterios, el más importante es el de los dueños del capital financiero, es decir de los inversionistas. Luego asegura que gobernantes y militares se someten a la opinión de los capitalistas. Al respecto dice: "Ningún suceso de la historia latinoamericana vinculada a las infaustas complicaciones con el llamado "imperialismo" del norte, puede decirse libre de la ingerencia de los capitales extranjeros. O, para ser más exactos, todos los acontecimientos interamericanos en que los países menores sufrieron agravios y atropellos, invasiones y ocupación armada por fuerzas militares extranjeras, fueron determinados por el capital foráneo. Todos los acontecimientos sin excepción. Tampoco se conoce como se debiera conocer este lado de la historia americana. Es más, se ha evitado cuidadosamente mencionar las inversiones extranjeras que orientaron con un poder sobrehumano los hechos políticos, las gestiones diplomáticas, los eventos militares, en suma, la historia interamericana misma. Se ocultó esta presencia dominante e inexorable de los capitales extranjeros en el devenir de la vida continental y por ocultarla se sacrificó el prestigio de los presidentes, los internacionalistas, los generales y embajadores y almirantes, echando sobre ellos la responsabilidad de los sucesos que la historia ha condenado a una posteridad vergonzosa"

Tal es la importancia que el autor otorga a esta constatación que juzga oportuno detallar la razón social de las empresas que han cometido atropellos en América Latina, aunque en los libros de historia, dice, sólo aparecen nombres de presidentes y de militares que condujeron tropas de ocupación: "No figuran, en efecto, la banca Morgan, o la Standard Oil, o el Trust de Mellon, o la familia Guggenheim, o Seligman y Brown Brothers, o el monopolio de la United Fruit, o el ferrocarrilero-banquero Harriman, sino los presidentes Roosvelt, Taft, Wilson, Harding y Hoover; los secretarios de Estado Seward, Knox, Root, Hay, Bryan, Lansing, Kellog, Hughes, Hull, o los embajadores, almirantes y generales Dawson, Dewey, Wood, Maggon, Lane, Wilson, Gonzáles, Crowder, como actores principales de tales sucesos. Y, sin embargo, fueron los magnates del dinero y los negocios, y no los gobernantes ni sus subalternos, quienes determinaron la historia siniestra de los acorazados y la invasiones, o sea, la historia secreta de los capitales extranjeros en América Latina" (34).

EL CANAL DE PANAMA.- Montenegro inicia su relato de las desventuras latinoamericanas frente a Estados Unidos, con la desmembración de la provincia de Panamá de la República de Colombia. Este su texto: "El canal de Panamá es una obra monumental de la ingeniería norteamericana, así como un emplazamiento estratégico importantísimo, que puso en manos de Estados Unidos el control de la navegación comercial entre América y Europa, aparte del dominio militar en toda la zona del Caribe y del sector geográfico más amplio de América del Sur. Todos saben que el canal fue construido después que el territorio de Panamá, que perteneció a la República de Colombia, fue declarado nación libre y soberana, luego de una revolución separatista, grotescamente fiscalizada por los funcionarios consulares y diplomáticos de Estados Unidos y respaldada por barcos de guerra y tropas norteamericanas. Nadie ignora que con la magnitud geopolítica y comercial dada a aquella obra justificaron los gobernantes yanquis el escandaloso intervencionismo político, diplomático y militar de Estados Unidos en la célebre revolución libertaria panameña"

"Lo que aún no se ha aclarado de manera suficiente es que detrás de la grandeza técnica de la obra y de sus incontables proyecciones para el tráfico y el comercio interoceánico en el Nuevo Mundo, la cuestión del canal de Panamá, en conjunto, es una cuestión de inversiones extranjeras". En ese sentido, detalla la controversia entre la nueva Panamá Company, que deseaba vender sus concesiones sobre el istmo, y un sindicato norteamericano que compró una concesión a la república de Nicaragua, por cuyo país había también la posibilidad de abrir una ruta interoceánica, hasta que, finalmente, la pugna fue ganada por quienes preferían la ruta panameña. Si bien el 22 de enero de 1903, Estados Unidos y Colombia firmaron un tratado de arrendamiento por cien años, en la futura zona destinada a la construcción del canal, a cambio de 10 millones de dólares y una renta anual de 250.000 dólares, la tardanza colombiana en cumplir el acuerdo precipitó los acontecimientos, los que son descritos de la siguiente manera:

"El 19 de octubre (de 1903), tres barcos de guerra de los Estados Unidos se dirigieron a la probable escena de las hostilidades y el 2 de noviembre sus comandantes recibieron órdenes de ocupar el ferrocarril de Panamá si estallaba la revolución (se refiere a la revolución separatista, organizada y financiada por Washington), y de impedir que desembarcaran tropas colombianas dentro de una faja de ochenta kilómetros del istmo. El secretario de Estado en funciones telegrafió al cónsul de los Estados Unidos en Panamá, el 3 de noviembre de 1903: "Avise levantamiento en el istmo. Tenga al corriente al Departamento inmediatamente y con todo detalle". El cónsul contestó por la tarde: "Todavía no; dícese que será en la noche". Poco después añadió: "Efectuado esta tarde levantamiento a las seis, sin derramamiento de sangre. Esta noche se organizará el gobierno".

"La descripción ?añade Montenegro?es breve, pero precisa. La revolución se había verificado exactamente según el planº. El gobernador de Panamá consintió en ser arrestado, el almirante colombiano fue sobornado para que se marchara y los buques de guerra de los Estados Unidos impidieron el desembarco de tropas del gobierno colombiano para restablecer la autoridad. Trescientos hombres del ferrocarril de Panamá y los bomberos de la ciudad de Panamá formaron el núcleo de un ejército revolucionario mandado por el general Huertas, ex comandante en jefe de las tropas colombianas. El 4 de noviembre se leyó en la Plaza una Declaración de Independencia y el general Huertas se dirigió así a sus soldados: "El mundo está admirado de nuestro heroísmo". Dos días después, Estados Unidos reconocía a la república de Panamá... Al poco tiempo, el presidente Teodoro Roosevelt declaró en un discurso: "Yo tomé Panamá" (35).

LA INVASION A MEXICO.- La indignación que sintió Montenegro por la invasión norteamericana a México fue descrita de la siguiente manera: "La conciencia americana condenó vigorosamente la expropiación que hizo Estados Unidos de más de la mitad del territorio mexicano. El desconocimiento del derecho, el despojo de la propiedad, el cinismo político exento de todo escrúpulo y la mayor falsía internacional, caracterizaron las maquinaciones norteamericanas para incorporar a su dominio, sin detenerse en medio alguno, los estados mexicanos de Texas, Nueva México, Arizona y California. Ningún justificativo hay aún para aquel atentado internacional, considerado como único caso en la historia del mundo, en que un país se apropia del suelo de otro por simple espíritu de asalto y conquista, puesto que no tiene para hacerlo, ni la razón de su necesidad económica de subsistir, ni la de garantizar su seguridad territorial" Inmediatamente después reitera su tesis central, al añadir que "ahora es posible saber que, en conjunto, este vergonzoso pasaje histórico fue producto de las concesiones de México al dinero extranjero" (36).

Hace constar que la versión histórica oficial ha tratado de mostrar la expropiación anotada como un hecho en el que las armas explican lo acontecido, cuando en realidad, dice, después de examinarse la depurada documentación descubierta, "se identifica la acción del capital extranjero norteamericano como el promotor verdadero de la desmembración de Texas primero y luego la apropiación de Nueva México, Arizona y California, por tropas de Estados Unidos". Montenegro ubica como antecedente de la controversia mexicano-norteamericana la concesión que, en 1823, ratificó el emperador Itúrbide en favor de Stephen F. Austin, para que 200 familias norteamericanas colonizaran una de las regiones más fértiles de Texas. Al poco tiempo, el gobernador mexicano de Texas autorizó a Austin la organización de milicias, integradas por los propios colonizadores, quienes, además, eligieron a un jefe, facultado para mantener el orden, hacer cumplir la ley y administrar justicia. Sin embargo, aún antes de la concesión anotada, en 1800, exactamente, el obispo de Louisiana lamentó que ciudadanos norteamericanos se hubieran esparcido por territorio texano. "Los indios y los criollos, denunció el obispo, estaban siendo corrompidos por el turbulento y ambicioso temperamento de estas gentes" (37).

Los nuevos colonizadores que fueron llegando a Texas trajeron consigo a esclavos negros, a fin de ampliar sus plantaciones de algodón y cultivar sus huertos, sostiene Montenegro, para después anotar que este fue el primer punto de fricción entre México y los inmigrantes norteamericanos, ya que el país latinoamericano había abolido la esclavitud. Recuerda, asimismo, que un escritor norteamericano (cuya nombre no cita), había escrito esta frase brutal: "Texas era necesaria a los terratenientes del sur de Estados Unidos a fin de disponer de más corrales para cebar esclavos". El Presidente Teodoro Roosevelt enjuició la situación con estas palabras: "La cuestión esclavista brindó oportunidad para que el conflicto estallase, pero sus causas eran más profundas.... Cualquiera que hubiera vivido en la frontera y conociera algo del poderoso, invencible y enconado espíritu de raza de los norteamericanos, hubiera podido darse cuenta de que los colonos texanos no continuarían bajo el gobierno de los mexicanos". Pese a ello, en 1825, México cometió un error adicional al promulgar una ley destinada a atraer más y más colonos norteamericanos a la región. Montenegro cita a Leckart Elves, autor del libro "The United States and México", quien recuerda que, en 1830, ya existían 20.000 colonizadores norteamericanos en Texas, a quienes califica de "los más aventureros y rudos elementos de su clase, gente habituada a vivir al margen de la ley, imposible de gobernar, sino por métodos establecidos por ellos mismos" (37).

En México, dice el autor de "Nacionalismo y Coloniaje", no hubo conciencia del riesgo de mutilación territorial hasta 1832, año en que el Secretario de Relaciones Exteriores, Lucas Alamán, dirigió un mensaje al congreso mexicano exigiendo que se tomaran medidas en contra del avance de los colonizadores en Texas. Su mensaje pronosticaba exactamente la desmembración de aquel Estado, al advertir que los norteamericanos iban a "provocar una revolución a favor de la independencia y una vez proclamada ésta, solicitarían el auxilio de los Estados Unidos, a fin de conseguir su anexión al imperio del norte. Alamán se limitaba a recordar que ese fue el procedimiento que utilizó Washington para apropiarse de las posesiones francesas y españolas de Louisiana y Florida, México atendió la preocupación de su Secretario de Relaciones Exteriores, pero ya era demasiado tarde. Las inversiones extranjeras actuaron desde ese instante, dice Montenegro, con su conocido poder superior a toda ley y a todo derecho, contando con el apoyo, como siempre, del gobierno y del ejército norteamericanos, con los cuales se cree fácil desconocer cualquier soberanía de América. En esas circunstancias, 1835, el Presidente Santa Anna, promulgó una nueva Constitución, la que centralizaba la autoridad del gobierno en todo el territorio mexicano, lo que impulsó a los norteamericanos residentes en Texas a declararse dueños de aquel territorio, convirtiendo al estado mexicano de Texas en república libre e independiente (39).

A manera de antecedente, cabe puntualizar que el presidente de Estados Unidos, John Quincy Adams y el secretario de Estado, Henry Clay, habían propuesto a México la compra de Texas, un territorio geográficamente más extenso que Francia, por la suma de un millón y medio de dólares. La propuesta fue inmediatamente rechazada. Adams fue sucedido en la presidencia por Andrew Jackson, quien reiteró la oferta, pero ya, en esos momentos, el gobierno norteamericano preparaba la invasión. En efecto, relata Montenegro, Jackson tomó contacto con Sam Houston, un alcohólico crónico que vivía con los indios cherokees, a quien habían bautizado con el nombre de "Gran Borracho". Houston recibió la misión de organizar a los colonizadores para "hacer efectiva la independencia y la libertad del pueblo texano, al que había que arrancar de la tiranía de México. Este era el plan de los inversores de capital norteamericano. El Gran Borracho se despidió de Jacson con estas palabras: "Voy a Texas a hacerme un hombre otra vez. Seré presidente de una gran república (Texas). Y habré de traerla a los Estados Unidos" (40). En 1835, se consumó la "revolución" texana y poco después Texas se convirtió en otro estado de la Unión.

En opinión de Montenegro, el renombre y la fama de los hombres públicos norteamericanos dependía de la mayor o menor cantidad de territorio ajenos que incorporaban a Estados Unidos. Resulta sorprendente, dice, que el territorio norteamericano alcanzara a 2.3 millones de kilómetros cuadrados en 1783, en tanto que en 1945, llegaba a 12.1 millones de kilómetros cuadrados (41). Parte muy importante de ese crecimiento se explica por la usurpación del territorio mexicano. En efecto, después de la anexión de Texas, Estados Unidos previó una represalia militar mexicana, que conduciría a una guerra, la cual debería concluir con la usurpación de Nueva México, Arizona y California. Como México tardó en reaccionar, el presidente James Polk exigió a la patria de Emiliano Zapata el pago de deudas impagas o, en su defecto, la entrega de los territorios ambicionados por su país. Si bien la guerra estalló en 1846, el jefe de la escuadra norteamericana en el Pacífico, Comodoro Sloat, ya había recibido la instrucción de ocupar San Francisco de California "en cuanto supiera del estallido de la guerra" En forma previa, "unas cuantas decenas de colonos ilegales norteamericanos, establecidos en el valle de Sacramento, tomaron posesión de Somona, capturaron a su comandante, proclamaron la "República de California" e izaron una bandera que ya tenían preparada como emblema de la nueva nación, libre y soberana. Pero el comodoro Sloat izó, a su vez, la bandera yanqui en Monterrey y declaró que California formaba parte de los Estados Unidos" (42)

Montenegro emite luego la siguiente conclusión: "Invadido y traicionado, México reconoció la frontera del río Grande y cedió Texas, Nuevo México, incluyendo Arizona y la Alta California... Polk pretendió obtener de su víctima la concesión a perpetuidad de un derecho de paso en el estrecho de Tehuantepec, lo cual México no aceptó, amenazando con no llegar siquiera a suscribir el tratado de Paz... Las enormes ganancias producidas a los especuladores de tierras y minas, provocaron de inmediato que naciera en la opinión pública dominante de Estados Unidos, una corriente que pedía con calor la anexión de todo México al dominio de la Unión... Era otro negocio "más glorioso" que planeaban realizar las inversiones extranjeras. La impresión de repugnancia y la general condena que el asalto de México produjo en América Latina sirvieron en algo para frenar ese impulso incontenible de saqueo territorial, despertado por el dinero de los especuladores" (43)

Vale la pena detenerse, así sea con pocas líneas, en las similitudes existentes entre las pérdidas territoriales sufridas por México frente a Estados Unidos y las que confrontó Bolivia ante Chile y Brasil. Chile impulsó, treinta años antes de la guerra de 1879, el desplazamiento de trabajadores de ese país a las guaneras y salitreras bolivianas. Estos trabajadores resistieron cada vez más abiertamente la presencia de autoridades bolivianas en el Litoral. Chile, al igual que EEUU, ofreció, con el respaldo de intereses británicos, comprar parte de nuestro territorio costero, hasta que, finalmente, optó por una invasión militar. En la pérdida del Acre, a manos de Brasil, hubo también circunstancias parecidas, como, por ejemplo, el hecho de haberse proclamado la república del Acre, antes de concretarse su transferencia al vecino país, esta vez con el respaldo de la anglo norteamericana "Bolivian Syndicate", que se cambió de bando, ya que había sido contratada por el gobierno boliviano, para, supuestamente, defender los intereses del país. . No cabe duda, como diría Montenegro, que detrás de los asaltos a Antofagasta y al Acre estaban capitales extranjeros.

LA UNITED FRUIT COMPANY.- Después de relatar las "hazañas" norteamericanas en México y Panamá, Montenegro pone de relieve el influjo de los capitales extranjeros en el destino de los trabajadores de América Latina, donde, dice, "ha imperado la matanza de obreros como medio de someterlos a la ley esclavista del trabajo a ración de hambre" (40). Añade que podría citarse casos ocurridos en todos los países de América Latina, dominados por las inversiones foráneas, entre los que elige detenerse en la matanza de obreros en "La Bananera", Colombia, con la finalidad de someter a la servidumbre a los trabajadores de la United Fruit Co., monopolio yanqui del comercio de frutas que rige sobre un inmenso imperio de la zona del Caribe. Añade que "aquel exterminio de vidas, por vía de escarmiento, tuvo lugar en forma organizada y simultánea a lo largo y ancho de un amplio territorio, y durante semanas". Para llenar su cometido, Montenegro recurre al libro de J.A. Osorio Lizarazo: "Gaitán: Vida, Muerte y Permanente Presencia", del cual extrae los siguientes datos:

"La Zona Bananera era una vasta concesión territorial de más de doscientas mil hectáreas, junto al mar Caribe, en torno a Santa Martha, y había sido entregada por el presidente Reyes, en 1905, a la United Fruit Co., sin pago, compromiso ni compensación, llevado de su inmensa amistad hacia los piratas que en aquel tiempo acababan de humillar la soberanía nacional con la mutilación de Panamá. Comprendía aldeas y poblados, ríos y planicies y aún cuando teóricamente rigiese en ella la ley colombiana en realidad era una colonia extranjera, una propiedad privada de la United, incrustada en el corazón de la República, como una afrenta perenne. La empresa concesionaria cargaba de bananos dos veces por semana sus grandes barcos de la bahía de Santa Martha y se llevaba el fragante producto tropical de aquel pequeño dominio, donde veinticinco mil colombianos padecían un régimen de oprobio y de esclavitud, al mando de capataces gringos que aplicaban reglamentos vejatorios y cuyo arbitrio suplantaba la ley (45)

El libro citado por Montenegro sostiene que un buen día, agitadores laborales, sin gran versación, plantearon y organizaron un reclamo por mejores salarios, trato más decoroso y supresión de los comisariatos. Los comisariatos eran almacenes monopólicos de expendio de víveres y artículos de primera necesidad de propiedad de las compañías estadounidenses, asentadas en Latinoamérica. El ínfimo salario de los trabajadores sólo servía para contraer deudas de los comisariatos, lo cual convertía a los trabajadores en virtuales esclavos de la compañía. Si algún asalariado huía del campamento, jueces y policías perseguían al trabajador convertido en "ladrón". Casi resulta innecesario mencionar que la United Fruit Co. rechazó de plano todas las peticiones de los trabajadores. En respuesta, los obreros, atenazados por su miseria, abandonaron el trabajo. La United Fruit.Co., por su parte, solicitó y obtuvo apoyo oficial y se apresuró a calificar la protesta obrera de "revolución comunista". A petición de la compañía, se declaró la zona en estado de sitio y se estableció un régimen militar al mando del general Carlos Cortez Villegas.

Los hechos se desencadenaron de la siguiente manera: "Se movilizaron más de tres mil hombres a la zona y se establecieron cuarteles en todos los centros poblados. El Comando de la ocupación militar recibía sumisamente las quejas de los capataces de la compañía extranjera y ordenaba las detenciones y castigos que estos solicitaban. Se trataba de reanudar la recolección y el embarque de la fruta en las mismas condiciones, porque la compañía no tenía la intención de atender a las estúpidas exigencias de la chusma en rebeldía ... Los obreros no acudieron a sus tareas, sino que se reunieron en actitud pasiva en las poblaciones situadas dentro de la zona, especialmente en Ciénaga". Ante la aproximación de las tropas, "los obreros se sentaron en el suelo, silenciosos y decididos a la resistencia pasiva. Enfurecido el general Cortés Vargas gritó su mandato y las ametralladoras comenzaron a tabletear sobre aquella multitud inerme, que caía segada como por un huracán. La misma escena sangrienta se repitió en otras plazas, en Aracataca (a la que hace constantes referencias la obra del nóbel Gabriel García Marquez), en Sevilla y en Fundación, lo mismo que en los pequeños caseríos"

"No contenta con ametrallar a los obreros, la tropa llegaba con ímpetu conquistador y arrasaba las cabañas, maltrataba a las mujeres y los niños y actuaba como una horda de forajidos. Más de ochocientas víctimas produjo aquella inmolación de un pueblo indefenso, que pedía el mínimo derecho a vivir como compensación de su trabajo en beneficio de la poderosa compañía extranjera". Los cadáveres, concluye este capítulo del libro citado por Montenegro, eran sepultados en fosa común. Ni piedad ni sentimientos humanitarios contenían a aquella furia de vándalos. Los capataces de la United Fruit aconsejaban las operaciones y señalaban a los cabecillas de la huelga, cuyos sobrevivientes fueron juzgados por Consejos de Guerra y sentenciados a penas de veinte años de presidio para aumentar el horror y la irrisión de tan cruel matanza. La compañía quedó satisfecha e hizo públicas manifestaciones de su agradecimiento al comando militar cuando los obreros que quedaron volvieron al trabajo en las mismas condiciones humillantes y míseras, como único recurso para salvar la vida" (46)

La preocupación de Montenegro por la suerte de los trabajadores de América Latina se presenta otra vez al recordar la masacre de trabajadores mineros, ocurrida en Uncía, Bolivia, el 4 de junio de 1923. En forma previa, el ideólogo del MNR dice: "Se desconoce generalmente en América todo cuanto ha ocurrido en materia de explotación de minas, después del coloniaje y antes de la segunda guerra mundial, en los sectores mayormente presionados por los capitales extranjeros. La historia de esa época y de esa actividad no se ha escrito documentalmente pero la conoce cada pueblo por haberla vivido. Una es la de Bolivia, con la cual tiene lugar la experiencia más persuasiva sobre las condiciones típicas del dinero exterior nominalmente invertido en fuentes de producción de materias primas. Es una experiencia realmente ejemplar, lúcida como ninguna, para identificar algunos caracteres peculiares del capital foráneo, el de su inhumana ferocidad con la clase trabajadora, en primer término. Los hechos que configuran el desarrollo de la industria minera boliviana, son, en este plano, no sólo ilustrativos sino aleccionadores. En ese contexto, cita extensos párrafos del libro "Metal del Diablo", de Augusto Céspedes, en que se describen las matanzas de Uncía, de 1923, y de Catavi, de 1942. Montenegro advierte que la matanza de Uncía se produjo poco después que dos de los tres barones del estaño habían resuelto internacionalizar sus empresas, fijando para ellas sedes en el exterior: Así la casa Simón I. Patiño se transformó en Patiño Mines Enterprise Ltd, con sede en Delaware, Estados Unidos, y la de Aramayo, que se radicó en Suiza. Con este dato, refuerza su tesis relativa a que el capital extranjero fue proclive a provocar masacres entre los trabajadores latinoamericanos (47). En páginas siguientes, Montenegro manifiesta su angustia por la explotación de trabajadores chilenos en las minas de Chuquicamata y Potrerillos, en manos de concesionarios norteamericanos (48).

LA DOCTRINA MONROE.- Al tratarse de una publicación póstuma, "Las Inversiones Extranjeras en América Latina" es un libro desigual e inconcluso, ya que su autor no tuvo tiempo de revisarlo y corregirlo. Desigual porque existen temas tratados con rigor y profundidad, en tanto que otros han quedado como apuntes provisionales, aunque no por eso menos importantes. Este es el caso de las matanzas de trabajadores latinoamericanos, en cuyo relato Montenegro se limita a citar libros ya existentes sobre el tema. Inconcluso, puesto que, con seguridad, el autor hubiera enriquecido el texto, si acaso la enfermedad que lo aquejaba no hubiera provocado su rápido deceso. Sin embargo, su aporte en otros temas es notable. Así ocurre, por ejemplo, al analizar la famosa doctrina Monroe, elaborada, en 1823, por el presidente estadounidense, James Monroe, conocida a través de la célebre frase "América para los americanos", sobre la cual extrae novedosas conclusiones. Pese a la contribución de Montenegro, la doctrina Monroe continua siendo difundida a través de moldes tradicionales. Tal el caso, por ejemplo, de la famosa "Enciclopedia de la Política de Rodrigo Borja", que afirma que esa doctrina consiste en los siguientes puntos fundamentales: 1.- En proclamar que ninguna potencia europea tiene derecho a intervenir en los asuntos internos de América Latina; 2.- que cualquier ingerencia de un país europeo en la región latinoamericana será considerada por el gobierno de los Estados Unidos como un acto hostil; y 3.- que no es admisible la fundación de nuevas colonias europeas en esta parte del mundo. (49)

El autor boliviano considera, por su parte, que la doctrina Monroe, lejos de defender a Latinoamericana de las pretensiones neocolonialistas de Europa, sirvió, más bien, para la adopción de acuerdos prácticos entre Estados Unidos y el viejo mundo, a fin de succionar los recursos de América Latina. Tan evidente es lo anterior, que Montenegro utiliza el siguiente título en el inicio del tema: "La Doctrina Monroe y América para los Europeos". Advierte que la mencionada doctrina fue invocada "no contra la agresión y el sojuzgamiento (de América Latina) por los europeos, sino para resguardar los capitales europeos contra la insolvencia de los países latinoamericanos. Como es costumbre en Montenegro, inmediatamente después de lanzar una afirmación de importancia, se preocupa de anotar los datos y las fuentes que la originan. Sobre el particular, recuerda que bajo la presidencia de Teodoro Roosevelt, Venezuela se vio imposibilitada, en los años 1902 y 1903, de pagar préstamos de dinero que había contraído con Inglaterra, Alemania e Italia. El problema se agravó cuando la Corte Suprema de Justicia venezolana desconoció, mediante sentencia, los "privilegios coloniales de las concesiones foráneas, lo que ocasionó que las potencias europeas resolvieran proteger a sus capitalistas con la fuerza armada. En respuesta, los acorazos anglo-germanos bloquearon los principales puertos venezolanos, bombardearon Puerto Cabello, en dos oportunidades, y hundieron, sin combate, tres de las cuatro cañoneras que poseía Venezuela. Pocos días después, Italia añadió dos cruceros a las fuerzas navales europeas, en tanto aparecieron otros acreedores franceses, belgas, holandeses, suecos, noruegos y españoles reclamando el pago de nuevas obligaciones al gobierno de Caracas. (50)

En esta situación intervino EEUU, que también tenía capitales suyos en aquel país, a través del Presidente Roosevelt, quien dijo lo siguiente: "No garantizamos a ningún Estado contra el castigo, si se conduce mal, siempre que ese castigo no adopte la forma de adquisición de territorios por una potencia no americana". En otras palabras, dice Montenegro, Washington admitía "cualquier medida contra los países latinoamericanos, menos la de una ocupación permanente". Recuerda, sobre el particular, que el historiador Henry Pringle atribuye a Roosevelt la siguiente frase: "Si una potencia (latino) americana se conducía mal con respecto a una europea, ésta podía administrarle unos azotes (página 54). Aquí Montenegro abre un paréntesis para recordar que "en esa hora de angustia y humillación para América, la República Argentina, mediante una declaración de su ministro de Relaciones Exteriores, Luis María Drago, acudió en defensa de la soberanía latinoamericana, al proclamar que las deudas públicas no pueden ser motivo de intervenciones armadas y menos de ocupación de territorios de las naciones americanas. La opinión y la conciencia de los países de América Latina respaldaron con energía la posición argentina, conocida desde entonces como la "Doctrina Drago", convertida en uno de los pilares del moderno derecho internacional. Fue ese enérgico respaldo y no la actitud de los Estados Unidos el que indujo a Inglaterra, Italia y Francia, así como a los demás aliados, a suspender los actos de violencia de sus poderosas escuadras.

Los antecedentes citados, sirven a Montenegro para exponer el meollo de su pensamiento: "Entonces EEUU, que de acuerdo con la doctrina Monroe debió haber protegido a Venezuela, asumió el rol inesperado de ejecutor de las deudas reclamadas por Europa. Forzó a Venezuela a comprometer el rendimiento de sus productos principales para el pago de sus obligaciones con los acreedores europeos. El enérgico presidente Roosevelt se constituyó en su cobrador, sirviendo como agente directo al capital extranjero". Añade el escritor boliviano que el presidente de EEUU convino con las potencias europeas en fijar un orden de prioridades a los pagos venezolanos, el que sería fijado por el Tribunal Permanente de Justicia Internacional de la Haya. Destaca que, en 1904, se conoció la sentencia del citado tribunal la que constituía un pleno reconocimiento, dentro del derecho internacional, de la intervención armada como procedimiento para cobrar las deudas internacionales. Su análisis continua de la siguiente manera: "El presidente Roosevelt adoptó luego un rol menos honroso, pero el más cómodo para EEUU. Ofreció sus servicios para ejecutar la cobranza, reservándose el derecho de emplear sus propios medios y su técnica, diplomática y militar, a objeto de conseguir el pago forzoso de cuanto se adeudara a los países europeos". (51).

A partir de entonces, las potencias europeas "recurrieron a los servicios de cobranza del gobierno yanqui", lo que hizo innecesaria la movilización de sus armadas. Es este antecedente que hace afirmar a Montenegro que la doctrina Monroe quería decir: "América para los europeos", no siendo necesario que ellos cobrasen sus deudas, ya que de esa misión se encargó Estados Unidos, Agrega que la situación creada fue del agrado de los europeos, quienes, desde ese momento, encontraron útil y positiva la doctrina Monroe. Lo anterior se demuestra al recordar el discurso de Charles Dilke, en la Cámara de los Comunes del parlamento inglés, en 1903, quien manifestó: "En nuestro país existe una opinión abrumadora que sostiene la doctrina Monroe. Las repúblicas de la América del Sur son para nosotros un gran cliente. En 1900, exportamos al continente americano 51.500.000 libras esterlinas en productos y manufacturas de la Gran Bretaña. De esta cantidad, 28.800.000 de libras esterlinas se destinaron a las repúblicas latinas y 20.000.000 de libras a los Estados Unidos... Este comercio enorme nos inspira un gran interés en el mantenimiento de la doctrina de Monroe en el statu quo virtual del continente americano". (52). Debería mencionarse, como antecedente adicional, que la doctrina Monroe, nacida en 1823, vale la pena repetirlo, no impidió que Inglaterra invadiera, en 1833, el archipiélago argentino de las Malvinas, convertido en posesión colonial, desde entonces.

Si los europeos se hallaban contentos con esta interpretación de la doctrina Monroe, los norteamericanos lo estaban mucho más, ya que, a partir de entonces, Estados Unidos tuvo que desplegar tropas en Centro América y el Caribe, a fin de cobrar las deudas que países del área habían contraído con naciones del viejo mundo. El negocio resultó tan rentable que, en varias ocasiones, era Estados Unidos el que pagaba a los europeos las deudas pendientes, a fin de poder después cobrarlas directamente en la región, mediante invasiones y ocupación de las aduanas, Pero eso no fue todo, ya que el gobierno norteamericano otorgaba nuevos préstamos, inclusive no solicitados por los acreedores, a fin de poder cobrarlos después mediante la violencia militar. Bajo este marco conceptual, Montenegro considera importante citar la siguiente carta dirigida por el presidente Teodoro Roosevelt a su hijo: "Con la mayor repugnancia me he visto obligado a dar el paso inicial para intervenir en dicha isla (Santo Domingo). Espero que transcurra mucho tiempo antes de que tenga que ir más lejos. Pero me parece que tarde o temprano será inevitable (que) asuma una actitud de protección y reglamentación con respecto a estos pequeños estados de la vecindad del Caribe" (53). Ese sui géneris razonamiento de Roosevelt fue complementado por otro no menos pintoresco del Secretario de Estado norteamericano, Summer Welles, quien dijo, en 1919, que la imposición de un último tratado impuesto por Estados Unidos a la República Dominicana era, en realidad, beneficioso a este último país, ya que con él "se hizo desaparecer el peligro de intervención europea" (54).

En su insistente línea de razonamiento, Montenegro recuerda que otro Secretario de Estado, Philander Knox, era, al mismo tiempo, principal abogado de empresas con concesiones de negocios en Centro América y muy particularmente en Nicaragua, "de modo que desde sus altas funciones de Estado aplicaba la fuerza de EEUU sobre aquel pequeño país para consolidar los intereses de su clientela de bufete" (55). Con igual detalle cita el caso de otro Secretario de Estado, Charles Evans Hughes, en el gobierno del Presidente Warren Harding, entre 1921 y 1923, quien pasó a ser uno de los más influyentes y poderosos personeros de la Standard Oil, para después ocupar, durante el primer gobierno de Franklin Delano Roosevelt (1933-1936), la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia. El autor deja constancia que el presidente Teodoro Roosevelt, entre 1901 y 1909, a quien considera "el inventor de la cobranza de deudas mediante marinería de desembarcos y obligada toma de empréstitos, fue acusado también de vinculaciones financieras con los grandes consorcios. Según esas denuncias, Teodoro Roosevelt recibió dinero de la Standard Oil para su campaña presidencial, así como del millonario Harriman, dueño del monopolio ferrocarrilero en el país del norte. El escritor boliviano afirma que Roosevelt envió su discurso de posesión en el mando a Harriman, antes de pronunciarlo, para saber si los ferrocarriles encontraban algo inconveniente en sus palabras (56). Como resultado de la situación descrita, fuerzas invasoras norteamericanas se mantuvieron de 1909 a 1927, en Nicaragua, y veinte años en Haití, y períodos similares en otras repúblicas centro americanas y caribeñas. Aún antes de que esto ocurriera, en 1890, recuerda Montenegro, la oradora demócrata Mary Elizabeth Lease, había lanzado esta sentencia acusadora: Wall Street es dueña de la nación. Ya no hay un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, sino un gobierno de Wall Street, para Wall Street y por Wall Street" (57)

Como epílogo, y de manera pionera, Montenegro anota el papel que ya en esa época comenzaron a cumplir los organismos financieros mundiales, debido a que Estados Unidos estaba buscando nuevas formas de acomodar el capital extranjero en América Latina. Sobre estos temas, dice: "EEUU está buscando nuevas formas de acomodar el capital extranjero en América Latina. Entre ellas figuran las instituciones bancarias internacionales, astutamente encubiertas como organizaciones neutrales y de fomento, que en el fondo abren el camino a las inversiones, otorgándoles contratos para encargarse de obras, de ventas, de estudios, etc., mediante los cuales las firmas de Wall Street continúan apropiándose de las riquezas latinoamericanas, ahora al amparo de bancos y organismos internacionales de progreso" (58). Nadie podrá negar el enorme sentido previsor del mayor ideólogo del nacionalismo boliviano.

Notas bibliográficas

33.- Carlos Montenegro: "Nacionalismo y Coloniaje". Librería Editorial "Juventud". La Paz ? Bolivia. 1984. Páginas 11 y 12. 34.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit.) Páginas 21 y 22 35.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit). Páginas 22 a 26 36.- Carlos Montenegro (Ob. Cit). Página 34 37.- Carlos Montenegro (Ob. Cit). Página 35. 38.- Carlos Montenegro (Ob. Cit.) Página 36 39.- Carlos Montenegro (Ob. Cit) Página 37 40.- Carlos Montenegro (Ob. Cit.) Páginas 37 y 38 41.- Carlos Montenegro (Ob. Cit.) Página 40 42.- Carlos Montenegro (Ob. Cit). Página 43 43.- Carlos Montenegro (Ob. Cit.). Página 44 44.- Carlos Montenegro (Ob. Cit.). Página 44 45.- Citado por Carlos Montenegro: (Ob. Cit.) Página 45 46.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit). Páginas 46 y 47 47.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit.). Páginas 61, 67 y 68 48.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit). Páginas 78, 79 y 80 49.- Rodrigo Borja: "Enciclopedia de la Política". Fondo de Cultura Económica. México. Segunda Edición. 1998. Página 687 50.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit.) Página 53 51.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit). Página 55 52.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit.). Página 56 53.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit.). Página 59 54.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit.). Página 60 55.- Carlos Monteenegro: (Ob. Cit.). Página 68 56.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit.). Página 71 57.- Carlos Montenegro: (Ob. Cit.). Página 85

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