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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2004-01-03 a horas: 14:22:54

Reciprocidad y cojones

Reciprocidad y cojones Alfonso Gumucio Dagron Desde el lunes 5 de enero, todo los ciudadanos latinoamericanos que lleguen a un aeropuerto de Estados Unidos, serán fichados como delincuentes. Se les tomará una fotografía, y las huellas dactilares. No importa que el visitante tenga o no una visa extendida por un Consulado de Estados Unidos porque el oficial de inmigración en Miami, Los Ángeles o New York decidirá en ese momento si le da la gana de aprobar el ingreso al gigantesco supermercado del norte. Por supuesto, si las propias visas de Estados Unidos ya no ofrecen seguridad, menos aún los pasaportes de nuestros vilipendiados países.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Reciprocidad y cojones

Alfonso Gumucio Dagron

Desde el lunes 5 de enero, todos los ciudadanos latinoamericanos que lleguen a un aeropuerto de Estados Unidos, serán fichados como delincuentes. Se les tomará una fotografía, y las huellas dactilares. No importa que el visitante tenga o no una visa extendida por un Consulado de Estados Unidos, porque el oficial de inmigración en Miami, Los Ángeles o New York, decidirá en ese momento si le da la gana de aprobar el ingreso al gigantesco supermercado del norte. Por supuesto, si las propias visas de Estados Unidos ya no ofrecen seguridad, menos aún los pasaportes de nuestros vilipendiados países. Con el argumento del terrorismo (viene el lobo, viene el lobo) se intenta humillar a todos los que pisan territorio de Estados Unidos, aunque sólo sea en tránsito obligado hacia Europa.

Las medidas migratorias de Estados Unidos perjudican a millones de visitantes que no tienen la menor intención de quedarse a vivir en ese país, sino que necesitan ir allá por negocios, para hacer compras, para asistir a algún congreso o simplemente en tránsito. Y algunos turistas, aunque a mi no se me ocurriría hacer turismo en el país del norte en la época de "alerta naranja" habiendo tantos lugares hermosos en el planeta. Los que realmente tienen intenciones de quedarse en Estados Unidos a trabajar, en su mayoría inmigrantes hambrientos de América Central o México, pasan situaciones de riesgo atravesando clandestinamente la frontera, engañados por "coyotes" que los exponen a la muerte. Cada año, más de trescientos perecen en el intento.

Hace dos o tres décadas, para sacar una visa de tránsito en el consulado de Estados Unidos, había que firmar un formulario comprometiéndose a no asesinar al Presidente de Estados Unidos. Las autoridades consulares eran por entonces más educadas o quizás más ingenuas. Parecía ridículo que a uno le preguntaran semejante barbaridad, pero hoy es peor: uno ya es culpable desde que pide la visa, mientras no pruebe lo contrario. Pronto estaremos todos prontuariados en el cerebro de una gigantesca computadora de los servicios de "inteligencia" del país más poderoso del mundo. Paradójicamente, los ciudadanos de ese mismo país no conocen lo que es un carnet de identidad. Su única identificación válida es la licencia de conducir, lo que implica que los que no pueden comprarse un auto o no quieren tener uno, son ciudadanos a medias.

Las nuevas medidas antiterroristas que entran en vigor con el nuevo año han sido aceptadas dócilmente por la comunidad internacional. Nadie parece cuestionarlas, excepto un juez de Brasil, quien ha pedido al gobierno de Lula que en virtud de la reciprocidad ?un principio elemental en las relaciones diplomáticas- disponga que a todos los ciudadanos estadounidenses que ingresen a Brasil, se les tomen las huellas dactilares y una fotografía. Es decir, una por otra, el mismo trato. Toma y daca.

La reacción del gobierno de Estados Unidos ha sido inmediata, y muy razonable: el portavoz del Departamento de Estado ha reconocido que cada país es soberano, y tiene el derecho de dictar las normas que le convengan. ¿No es esta una oportunidad maravillosa para que todos los países de nuestra región rescaten una pizca de dignidad y exijan a todos los ciudadanos estadounidenses los mismos requisitos que son necesarios para los latinoamericanos que desean ingresar en Estados Unidos?

Sería una maravilla que todos siguieran el ejemplo del Brasil. Vamos a ver: de ahora en adelante los ciudadanos de Estados Unidos necesitan visa para todos los países a los que antes ingresaban sin pestañar. No solamente eso. Ahora tendrán que seguir el mismo complejo procedimiento para obtener la visa. El trámite durará varias semanas, pues hay que enviar los formularios por DHL y esperar la respuesta. Además, hay que depositar en una cuenta bancaria100 US$ por el costo de una visa, aunque ésta pueda ser rechazada. Luego tiene que hacer una fila de varias horas en el consulado de Brasil, de Argentina o de Bolivia, y pasar una entrevista donde le preguntarán sobre su cuenta de ahorro, su situación marital y sus preferencias políticas (entre otras). Y cuando el ciudadano de Estados Unidos llegue al aeropuerto de Río de Janeiro, de Buenos Aires, de Caracas o de La Paz, tendrá que hacer una larga fila, sacarse los zapatos, pasar por detectores de metales y de explosivos, dejarse fotografiar y dejar sus huellas dactilares para los archivos de los servicios de inteligencia nacionales. Y ojo, ninguna broma sobre el país o sobre las medidas de seguridad, porque corre el riesgo de ser arrestado.

¿Es mucho pedir? Vamos, no es para tanto. Los mismos gringos han aceptado que corresponde a un principio elemental de la diplomacia: la reciprocidad. Bueno, quizás se requiere algo más que diplomacia. Hacen falta cojones. En los próximos días veremos cuantos países de nuestra región los tienen bien puestos, por lo menos a la altura de la dignidad.

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